La Educación: Clave de la Construcción Iberoamericana
Francisco José Piñón
Introducción
Vivimos un cambio de época, caracterizado por múltiples
transformaciones. Estamos ante el fin de la era industrial e ingresando
en una nueva sociedad que no termina de precisar sus rasgos definitorios.
Así nos encontramos inmersos en una compleja transición,
por lo que se nos hace difícil generar categorías
comprensivas estables, para dar cuenta de los procesos que tenemos
frente a nosotros. Las diferentes denominaciones que se utilizan
para nombrar la nueva configuración social ponen de manifiesto
la dificultad de caracterizar en forma positiva y categórica
la nueva sociedad. Los posfijos se han hecho un uso habitual (posindustrial,
posmoderna...) y no terminan de dar cuenta de lo que tenemos frente
a nosotros. Desde nuestro campo propio de actuación -la educación,
la ciencia y la cultura- nos gusta hablar de la sociedad del conocimiento
y de la información. Reconocemos los límites del concepto
ya que no todos acceden del mismo modo y en las mismas condiciones
a esta nueva sociedad, pero señala un horizonte y la aspiración
de que todos puedan ingresar crítica y autónomamente
en el nuevo escenario.
En nuestro tiempo, la revolución científico-tecnológica,
que hunde sus raíces en décadas anteriores, viene
transformando las actividades económicas. Sus efectos se
visualizan en la organización territorial, el paisaje urbano,
la localización de las empresas, etc., pero, también,
en la percepción que se tiene del tiempo y la distancia,
y con ello del universo y de la vida humana.
Se está produciendo un proceso gradual y sostenido de integración
entre países que buscan conformar nuevos mercados, avanzando
en acuerdos de base política e incluyendo en los casos más
avanzados las cuestiones sociales. Procesos no exentos de conflictos
de intereses y posiciones, que deben superar situaciones y trayectorias
históricas diferenciadas y, en algunos casos, de notorios
enfrentamientos en el pasado. Esa realidad va conformando los nuevos
actores geopolíticos del siglo XXI: los bloques regionales.
Ello lleva, no a la desaparición, sino a la reformulación
de los estados nacionales, que deben encontrar maneras apropiadas
de intervenir selectiva y eficazmente en el desarrollo social.
Las desigualdades sociales entre países y al interior de
los mismos no han sido superadas por los avances de la ciencia y
la tecnología aplicadas a la producción. En términos
comparativos con la década del 60 las desigualdades en lugar
de disminuir se han agravado, como lo vienen presentando año
a año los Informes de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas.
Las telecomunicaciones ponen a los países en contacto en
tiempo real. Se está desarrollando una nueva "percepción
audiovisual" del mundo y de sus problemas, aunque las asimetrías
y estereotipos siguen predominando. La virtualidad de estos nuevos
instrumentos para fines educativos y culturales todavía no
ha llegado a su punto óptimo, aunque abre una perspectiva
de futuro que debe ser incorporada a la agenda pública en
forma urgente.
Las cuestiones ecológicas ocupan un lugar destacado en la
preocupación de los gobiernos, aunque no se ha avanzado en
acuerdos concretos para frenar la devastación y depredación
terrestre. Existe una nueva conciencia en la ciudadanía que
no termina de reflejarse en las políticas públicas
y en la actuación del sector privado de la economía.
¿La globalización en cuestión?
Pareciera que los problemas enunciados constituyen los rasgos centrales
de un bosquejo de las tendencias predominantes en el escenario mundial,
que se encuentran en la base de lo que se ha conocido como globalización.
A los fines prácticos conviene realizar la distinción
entre la globalización entendida como fenómeno, de
la globalización como ideología, es decir lo que se
ha dado en llamar "globalitarismo" o "globalismo".
En su primer acepción lo que caracteriza la globalización
es el aumento de las interacciones comunicacionales y el crecimiento
de la interdependencia a través de los intercambios económicos.
De todos modos, como han apuntado algunos autores, se trata de un
fenómeno que abarca fuertemente la esfera financiera y en
buena medida la comunicacional, pero no involucra la vida de todas
las sociedades ni la totalidad de las personas que las integran.
En los últimos años se han repetido las crisis al
interior de este proceso y ha sido profusa la literatura producida
en torno a estas cuestiones: "La crisis del capitalismo global"
(Soros, 1999), "El malestar en la globalización"(Stiglitz,
2002), "Un mundo incierto"(Wallerstein, 2002) son sólo
algunos de los títulos que reflejan una situación
más profunda de falta de estabilidad y equilibrio.
Los factores que explican esta percepción de inestabilidad
y falta de rumbo claro se encuentran en la base de esa profunda
transición de una sociedad a otra, de una época a
otra, que debemos acostumbrarnos a medir en décadas y no
en años como nos gustaría.
Se ha insistido en la necesidad de fortalecer los mecanismos que
hacen a la institucionalidad mundial, al papel de los organismos
internacionales de crédito en la prevención y atención
de las crisis y quizá debamos conducirnos con miradas más
amplias que tengan en cuenta las desigualdades, las injusticias
del comercio mundial, la fragilidad de los sistemas políticos
de esté tiempo, a la vez que las precarias construcciones
con las que se quiere contener una movilidad notable del capital.
En el fondo: necesitamos una nueva ética mundial, nacida
no del acuerdo transitorio sino del reconocimiento de las mejores
tradiciones humanistas de la historia.
Iberoamerica en un mundo globalizado en crisis
Nuestros países se encuentran tensionados por estas tendencias
que conforman el escenario mundial, generándose situaciones
diversas. Los países del continente europeo están
realizando adecuaciones al proceso de desarrrollo de la Unión
Europea, en un marco de crecimiento económico y expansión.
En el espacio latinoamericano también se están produciendo
iniciativas de integración regional y unidad, aunque en la
base persisten problemas estructurales que no han sido superados.
Se trata del continente con mayores desigualdades del mundo(BID.
Panorama social de América Latina 1999, 2000) y, durante
la década de los noventa, si bien existieron años
de crecimiento que siguieron a la estabilización monetaria
(CEPAL, Quince años después), el aumento del producto
no se tradujo en mejoras de los indicadores sociales. Estas tendencias
se han producido en escenarios políticos democráticos,
que han permitido una lenta reconstitución del tejido social
a la vez que el desarrollo de experiencias de libertades políticas
inéditas.
La aceleración histórica producida por el proceso
de mundialización en curso encuentra a los países
de América Latina, en muchos casos, con dificultades para
encontrar y sostener un modo exitoso de inserción crítica
en el nuevo contexto. A las herencias de desigualdad y exclusión,
se suman las dificultades producidas por los problemas derivados
de la incorporación de las nuevas tecnologías a los
procesos productivos. Es en estos países donde la "crisis
de la globalización" se manifiesta en forma sorprendente.
En los últimos años este tema se ha tornado recurrente.
La educación en tiempos de crisis
En todo el planeta aparecen perspectivas críticas sobre
los logros de los diversos sistemas educativos: habitualmente gobiernos
y actores sociales piden más a sus instituciones educativas.
Es una crisis de nivel mundial, que se expesa en forma diferenciada
según los continentes y trayectorias históricas. Tiene
relación con el desajuste entre una organización del
sistema educativo propio de la era industrial y la conformación
de estados homogeneizantes a fines del siglo XIX, con la complejidad
de la realidad actual de profundos cambios y reformulaciones, ante
los cuales la educación busca su pertinente adecuación.
Entre nosotros, hace décadas se enfatiza un diagnóstico
crítico sobre la educación. Esa mirada ha llevado
a absolutizar los elementos negativos, "los avances o etapas
que faltan", "las ineficiencias", "el anquilosamiento",
sin dar lugar a la adecuada valorización de los esfuerzos
realizados y los logros alcanzados, tales como: el significativo
aumento de cobertura progresiva o la capacidad institucional de
constituirse en referencia ante procesos socio-históricos
de agudo debilitamiento de instituciones y valores.
Sabemos que mucho se ha hecho, y se hace día tras día,
para afrontar la problemática educativa tanto desde actores
gubernamentales como sociales. Así, aún en los momentos
más difíciles, las escuelas siguieron funcionando,
buscando constituirse en lugares de contención y referencia
para las familias, en espacios de reflexión y significación
de la propia historia y extendiendo sus funciones más allá
de lo propiamente pedagógico. En muchos casos se han convertido
en auténticas agencias sociales locales: comedores, orientación
a padres, centros de atención de salud.¡Cuántas
veces, recorriendo el extenso y diverso mapa iberoamericano, nos
encontramos con la escuela como centro de una comunidad y factor
de construcción del tejido social! Estas funciones, derivadas
por la crisis social, han sido asumidas sin dejar de afirmar que
la función propia y específica de la escuela es el
aprendizaje de los niños y jóvenes.
Otro elemento importante a tener en cuenta, tanto desde la perspectiva
teórica como de la experiencia de múltiples instituciones,
es la permeabilidad al propio contexto de desempeño y la
resignificación y transmisión de los valores propios
de la comunidad a la que sirven.
Las reformas educativas que se han desarrollado en las últimas
décadas han buscado superar las situaciones críticas
colocando en un lugar principal los criterios de calidad, equidad
y pertinencia. De todos modos resulta importante destacar que es
muy complejo el avance sectorial de la educación en contextos
políticos, sociales y económicos de crisis. Las restricciones
políticas operan. La pobreza crece, en extensos espacios
del continente latinoamericano. Las crisis fiscales también.
Y la educación siente las repercusiones de estas situaciones
en su propio ámbito.
En los años noventa -aunque reconoce una tendencia ascendente
desde los 80- los avances en la cobertura son innegables, generando
efectos democratizadores benéficos en los sistemas educativos.
El conocimiento más exhaustivo de los rendimientos escolares
a partir de los operativos de evaluación a la vez que ha
evidenciado las dificultades existentes, ha posibilitado el diseño
de programas de mejora más ajustados a las demandas y necesidades.
Cada vez existe mayor consenso en torno al papel que deben jugar
los educadores en estos procesos, y en ese sentido se han orientado
los procesos de formación y capacitación así
como la esperanza de un nuevo profesionalismo colectivo.
Resulta necesario hacer un inventario y un balance crítico
sobre el estado de la educación en la región, que
incluya los avances ciertos de las reformas educativas, los nudos
y problemas irresueltos y las metas democráticas a futuro.
Este balance debe partir de un nuevo mapa de situación y
de la necesaria construcción de sentido de futuro compartido.
Las crisis que viven muchos de los países latinoamericanos
han hecho que el suelo mismo desde donde se piensan, diseñan
y ejecutan las políticas, ya no sea el mismo de hace pocos
años. Tampoco existe un consenso cerrado en torno a que la
salida tenga una misma orientación o sentido. La divisoria
de aguas pasa entre quienes comienzan a pensar salidas individuales
o para algunos y la de quienes creemos que hay que construir salidas
que contengan a todos, que incluyan y no que fragmenten las sociedades,
que privilegien la equidad.
Perspectivas y desafíos
Los desafíos que hoy se le plantea a la educación
son similares a los que se le plantean a sociedades que desean la
paz, la igualdad y el avance de la libertad.
De la educación se espera el fortalecimiento de valores
que hacen a la profundización de la experiencia democrática.
Competencias y habilidades específicas junto a una formación
de fundamento, es lo que reclama el mundo de la producción
para el ingreso de los jóvenes en el mercado de trabajo.
Las familias, confían que la escuela sea, realmente, un mecanismo
de igualación y movilidad social ascendente para los niños
y jóvenes con menos posiblidades.
Cada país busca perfilar su identidad en un marco mayor:
de la educación se espera la recreación de los valores
propios y distintivos de la cultura nacional y del bloque regional.
La educación como transmisión crítica de la
propia cultura se constituye, así, en un espacio fundamental
para generar las síntesis entre pasado-presente y futuro
de las sociedades, generando nuevos sentidos y cimentando valores
comunes.
La inversión en educación se constituye en una apuesta
que las sociedades y los gobiernos deben asegurar. Sin educación
no hay futuro democrático, sociedades integradas y libres,
crecimiento económico genuino basado en la competitividad
sistémica.
En América Latina, los desafíos de inclusión
en el sistema educativo son, todavía, muy significativos.
Miles de niños se incorporan tardíamente a la escuela
y miles de jóvenes de más de quince años no
terminan el nivel secundario. Los desafíos de calidad se
miden por la rapidez de las innovaciones en el campo científico-tecnológico
y su lenta incorporación a los contenidos de la enseñanza.
El papel de los docentes cobra, así, una significación
especial en estos contextos: además de un coordinador y guía
de los aprendizajes de los niños y jóvenes debe asumir
un rol de liderazgo social y ciudadano nuevo. Renace la dimensión
política (en el sentido amplio y auténtico del término)
de la educación.
En estos tiempos de "crisis de la globalización",
entonces, la educación puede otorgar pertenencia, sentido
de nación y región, competencias para un mundo del
trabajo y la producción en proceso de cambio continuo, capacidad
de lectura crítica y decodificación de mensajes, formación
para el ejercicio activo de la ciudadanía. En suma: desatar
procesos de humanización y socialización acordes con
el tiempo histórico que nos toca vivir. No es poco. Es una
tarea que debe ser apoyada y necesita del acompañamiento
de todos.
Optar por la educación es elegir por dónde empezar
el proceso de renovación y reconstrucción de nuestras
sociedades. Optar por la educación no es sólo decidirse
por el desarrollo de nuestros pueblos, es sobre todo estar dispuesto
a que el desarrollo sea integral, con todos y para todos.
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